Hacer horarios es como jugar al Tetris. El desafío es encajar cientos de piezas, con formas diferentes, en un espacio temporal limitado, y en un espacio físico limitado.
Es un Tetris en dos dimensiones, simultáneamente. Pero eso no es todo. Además, se debe considerar la disponibilidad de los docentes, que reduce en forma dramática los espacios temporales disponibles, y también las capacidades y atributos de los salones, que disminuye los espacios físicos disponibles.

Pero supongamos ahora que resolvimos el desafío. Que a pesar de todo logramos encajar todas las clases en los tiempos y espacios disponibles, y ahora debemos hacer un pequeño cambio. Quienes han construido horarios saben que no existen los pequeños cambios. Se desarma el puzzle casi por completo y tendremos que empezar nuevamente.
Para alivianar esta dificultad, las Universidades no han tenido más opción que separar el proceso: por un lado, se crean los horarios (se resuelve el puzzle en el espacio temporal); y, por otro lado, se asigna la infraestructura (se resuelve el puzzle en el espacio físico). Esto, efectivamente, reduce la dificultad de llegar a horarios factibles, pero incorpora una ineficiencia estructural en los resultados, porque los dos espacios siguen interconectados, afectándose mutuamente. Por ejemplo, si una clase de 20 alumnos se dicta el lunes a las 9am, es posible que no haya un salón disponible con esa capacidad, y esa clase se haga finalmente en un salón con capacidad para 40 alumnos, sub-utilizando la infraestructura.

Es un Tetris en dos dimensiones, simultáneamente. Pero eso no es todo. Además se debe considerar la disponibilidad de los docentes, y también las capacidades y atributos de los salones.

 

Al separar el proceso se disminuye la dificultad humana de llevarlo a cabo, pero se acepta, implícitamente, una ineficiencia grave en los resultados. Esta ineficiencia se manifiesta en mayores costos (grupos innecesarios), y uso ineficiente de la infraestructura. Pero como esta ineficiencia queda escondida en los resultados, porque no se sabe que existe un resultado mejor, esta solución, la de separar los procesos, produce una falsa sensación de control. Más aún. Una vez que la Universidad llega a un horario factible, y teniendo en cuenta la dificultad de cambiarlo, intenta que esos horarios se mantengan estables por los siguientes semestres para no volver a hacer todo nuevamente. Pero con esta política nuevamente se trabaja en la dificultad humana del proceso, pero se vuelve a afectar negativamente el resultado, que hereda los vicios ocultos de los semestres anteriores, y agrega nuevos. Nuevamente, esa estabilidad del proceso produce una falsa sensación de control. ¿Podríamos haber creado menos grupos/secciones para no aumentar el presupuesto? ¿podríamos haber creado mejores horarios para alumnos y docentes?.

Fundador de Foris. Experto en Metodologías de Desarrollo de Software.

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